Una serie de hechos evidencian cómo el gobierno de Donald Trump incrementó su presión sobre la administración de Javier Milei para alejar a China de Argentina.

Desde Washington, representantes de la administración republicana advirtieron a contrapartes libertarias que Milei mantiene “demasiados” compromisos con la potencia asiática, que incluyen inversiones, cooperación financiera y un importante intercambio bilateral. Sectores más duros, que consideran que Estados Unidos aporta significativamente a la gobernabilidad del gobierno de Milei, exigen claramente que se vaya desmarcando de esos vínculos, según revelaron a Clarín fuentes ligadas a estos mensajes enviados a Buenos Aires.
Un indicio reciente de esta presión fue el viaje de Santiago Caputo a Estados Unidos, donde recibió reclamos claros sobre la relación argentina con China. Asimismo, la semana pasada, ejecutivos de la empresa belga Jan de Nul, ganadora de la licitación para el dragado y mantenimiento de la Hidrovía —vía clave para el comercio exterior argentino y sudamericano— visitaron al embajador estadounidense Peter Lamelas para asegurar que no trabajarán asociados a capitales chinos. Este gesto, sin precedentes en su explicitud y en la comunicación coordinada, refleja la sensibilidad del tema.
Además, el subsecretario de Estado durante la administración Trump, Christopher Landau, hizo pública la revocación de la visa estadounidense a Pablo Ferrara Raisberg, ex coordinador general en la Cancillería y ex representante ante el Consejo Federal Pesquero. Ferrara fue investigado y despedido por la ex ministra Diana Mondino bajo acusaciones de “enriquecimiento ilícito” vinculadas a actividades pesqueras relacionadas con empresas chinas.
En el ámbito militar, Estados Unidos dio un paso inédito: junto con la Armada argentina, monitoreará la Zona Económica Exclusiva (ZEE) —el mar argentino— utilizando tecnología avanzada de vigilancia y control bélico para detectar amenazas. China también pretendía colaborar en este ámbito, pero la alianza con Washington tomó protagonismo, aunque genera polémica que se denomine a esta zona como “bien común global”. Este hecho refleja la disputa entre potencias sobre la inteligencia militar.
El ministro de Defensa, teniente general Carlos Presti, presenció la semana pasada una demostración de sistemas de Inteligencia Artificial que Estados Unidos busca incorporar en las Fuerzas Armadas argentinas. Junto al jefe del Estado Mayor Conjunto, almirante Marcelo Dalle Nogare, evaluaron las ofertas y exhibiciones de Arsoft US y sus empresas asociadas MeetKai y Grupo Arecco, que proponen modernizar el Sistema Nacional de Defensa. En otros sectores, ya se implementa una plataforma de IA para simulación, análisis predictivo y la creación de un «Gemelo Digital», lo que ha generado controversias en la oposición.
Desde la llegada del portaaviones estadounidense Nimitz al Atlántico Sur, la visita de Milei a ese buque, y los ejercicios conjuntos con la Fuerza Aérea, Ejército y Armada, hasta la compra de aeronaves F-16 a Dinamarca, Estados Unidos profundiza su inserción en el terreno militar argentino.
Aunque Argentina forma parte del bloque occidental, su fragilidad económica y la alianza incondicional que Milei ha establecido con Estados Unidos e Israel derivan en una batería de acuerdos bilaterales con compromisos muy amplios en diversos frentes. Según el acuerdo comercial con Estados Unidos, este debe ser considerado “país favorecido”.
En un encuentro del Atlantic Council en Buenos Aires, el embajador Peter Lamelas resaltó en abril que “la asociación no es sólo una palabra ni un eslogan. Es acción, herramientas, instituciones y, sobre todo, ejecución”. Añadió que esta relación es beneficiosa para Argentina, Estados Unidos y las Américas, ya que una Argentina más fuerte y segura fortalecerá las cadenas de suministro con un socio confiable y abrirá oportunidades de inversión en energía, minería, infraestructura, logística, manufactura y tecnología.
No obstante, las fuerzas armadas de Argentina han expresado a Presti y al presidente Milei su preocupación ante la caída progresiva del presupuesto de Defensa, que ha alcanzado niveles insostenibles para el funcionamiento y la operatividad, una realidad que contradice los discursos oficiales sobre la importancia del rol militar.
En cuanto al vínculo con China, la relación argentina es compleja y dual. El gobierno de Milei mantiene una postura crítica política e ideológica hacia el régimen chino, pero la balanza comercial sigue fuertemente entrelazada, con significativas importaciones de tecnología y productos asiáticos y exportaciones chinas de carne y litio.
A principios de año, el excongresista estadounidense Robert Pittenger advirtió sobre los riesgos en seguridad y el avance tecnológico chino. En ese contexto, se repudiaron algunas iniciativas, como una conferencia organizada por Beijing en el Congreso argentino y promovida por el presidente de la Cámara de Diputados, Martín Menem, que fue finalmente cancelada ante la presión de Washington.
Recientemente, el secretario de Estado Marco Rubio mostró su molestia con el canciller Pablo Quirno por la omisión del gobierno argentino en emitir un comunicado crítico a China sobre el conflicto entre Washington y Beijing por el Canal de Panamá, que sí firmaron otros aliados de Trump como Santiago Peña (Paraguay) y Rodrigo Paz (Bolivia).
Respecto al swap de monedas entre los bancos centrales de Argentina y China, que asciende a 19.000 millones de dólares —una línea de crédito y no deuda real, sólo activada parcialmente—, tanto Mauricio Claver-Carone, exasesor del Departamento de Estado y amigo de Trump, como el secretario del Tesoro Scott Bessent, han sugerido que Argentina debería desvincularse de este acuerdo dada
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